jueves, 17 de julio de 2014

«¡Los emprendedores!»



Ya en un anterior artículo, “¡Que paguen los tontos!” exponía de forma clara y evidente, que los impuestos en España, recaen sobre la clase trabajadora. Asalariados y asimilados. Es una fuente segura de ingresos ante la falta de ideas y de compromiso por buscar una imposición fiscal equitativa, acompañada de unos servicios de inspección dimensionados al efecto, en busca de la eficiencia y con carácter disuasorio ante el fraude.
El término emprendedor encierra en si un halo de admiración. Y no es para menos. Alguien que decide emprender una actividad económica en busca de un rendimiento mayor que el que tendría como empleado por cuenta ajena, que además crea puestos de trabajo, arriesga su tiempo y su capital, merece a todas luces un reconocimiento y una recompensa a su aventura.
Hasta aquí todo correcto.
Pero cuando bajo este término se amparan los pícaros de siempre, en absoluto fraude de ley, utilizando  la forma legal de una sociedad en cualquiera de sus variantes u otros conceptos o figuras similares, con el único objetivo de ocultar rentas y de distraer impuestos, la definición de emprendedor pierde su inestimable valor y se convierte en seudónimo de defraudador.
Ayer en el diario El Pais aparecen unos datos de la Agencia Tributaria del año 2012 muy aclaratorios en cuanto a como está la fiscalidad del trabajo en España. Así, sorprende ver que la base imponible media de los asalariados es de 18.691,67 euros, mientras la base imponible media de los autónomos (¡los emprendedores!) es de 9.100,37 euros, menos de la mitad. O que el 78,94% de autónomos (¡los emprendedores!) tienen base imponible menor de 30.000 euros, o que la de un 30,44 % sea inferior a 6.000 euros. En fin, son datos que hablan por si solos sin necesidad de hacer grandes análisis. Si se invirtieran los términos y hubiera el mismo número de emprendedores que de asalariados y viceversa, a la vista de las tablas se recaudaría menos de la mitad de lo que se recauda. Con lo que el fraude se puede estimar en más menos eso, unos 30 mil millones que dejan de ingresar las arcas públicas.

(El País, 15 de Julio de 2014. Pincha para ampliar)
Al final, resulta que ¡los emprendedores! no contribuyen en la misma medida que lo hacen los asalariados o los pensionistas o los desempleados.
No es objeto de este artículo herir la sensibilidad de los buenos emprendedores, sino de denunciar a aquellos, que bajo ese eufemismo solo piensan en maximizar sus beneficios en detrimento de todo y de todos. Y serán esos, los que pongan el grito en el cielo, si alguno llega a leer este artículo.
Pero las cosas son como son y la aritmética no engaña.

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