jueves, 7 de diciembre de 2017

¡Oh, Jerusalén!



Con este título, Dominique Lapierre y Larry Collins, nos introducían en la guerra entre árabes y judíos de 1948, año de la creación del Estado de Israel.
En 1947 la ONU aprobó la división de Palestina en dos Estados, uno judío y uno árabe. El 14 de mayo de 1948, el Estado de Israel declaró su independencia. Desde entonces los enfrentamientos han sido continuos, con el mundo dividido entre unos y otros.
 
Ayer el presidente de EE.UU., Donald Trump, nos dio la noticia de que la embajada de su país sería en Jerusalén, lo cual ha desatado todo tipo de especulaciones.
El presidente francés Emmanuel Macron en su cuenta de Twitter, no tardó en responder a tal decisión: “En Jerusalén, Francia no aprueba la decisión de los Estados Unidos. Francia apoya la solución de dos estados, Israel y Palestina, que viven en paz y seguridad, con Jerusalén como la capital de los dos estados. Debemos privilegiar el apaciguamiento y el diálogo”.

 ¿Por qué Donald Trump ha elegido este momento para hacer su polémica declaración?
Todo hace pensar que quiere dar a su mandato una acentuada relevancia y distinguirse de sus predecesores, al mismo tiempo que desvía la atención de los medios, tan hostiles con él, hacia otros lugares. Como recientemente ha hecho con Corea del Norte, donde las mutuas amenazas de guerra total no cesan.
¿Pero es razonable que un hombre de negocios, ahora en tareas de altísima responsabilidad, muy difíciles y críticas, tome una decisión así, cuando no había motivo especial para ello?
Aquí solo cabe pensar que quiere hacer una demostración de fuerza en otro escenario diferente, lanzando un claro y provocador aviso a otros estados, de que no se detendrá ante nada ni nadie.
En definitiva, estamos viviendo unos momentos excesivamente graves. La paz mundial que se alcanzó en 1945, hace ya más de 70 años, está empezando a tener serias fracturas. Durante este período la inestabilidad mundial ha estado muy localizada en diferentes países del mundo; Corea, Cuba, Vietnam, Afganistán, Somalia, Yemen, Irak, Libia, Siria…sin que los intereses de las grandes potencias se mostrasen más allá de estas localizaciones y de la llamada guerra fría.
 
Pero hoy hay un nuevo estado, China, como tercer elemento para la discordia, con un potencial económico y militar muy destacado, una población que casi es la quinta parte de la población del mundo y un régimen político de base comunista abrazado a la economía de mercado, que tiene mucho que decir en el tablero estratégico mundial.
Son momentos en el que se requieren políticos de especiales cualidades, con la cabeza fría y la vista puesta en un futuro de paz, donde todos los seres humanos tengamos cabida. Donde no se alimenten el odio, el rencor y la venganza.
Hoy, una guerra que se extendiese por el mundo, podría significar una catástrofe de tal magnitud, que quien o quienes la provocasen no son conscientes de sus efectos. Y si lo son, es que están locos y hay que encerrarlos.