En un artículo anterior se denunciaba la ausencia de una estrategia tras el acierto inicial, la muerte de Jamenei, y el error de asumir que eliminar la cúpula supondría el derrocamiento del sistema. Esta percepción ha demostrado ser equivocada, ya que el sistema sigue vigente a pesar del golpe.
Tras más de un mes desde el inicio de los ataques, tanto Estados Unidos como Israel han ampliado sus acciones a infraestructuras civiles, como el puente B1, recientemente inaugurado y que conecta Teherán y Karaj. Además, se amenaza con llevar los ataques a infraestructuras eléctricas, lo que implica daños colaterales significativos para la población civil. Irán, por su parte, se reserva el derecho de responder en instalaciones de otros países árabes del golfo pérsico e Israel, mientras que Estados Unidos permanece fuera del alcance directo.
Donald Trump continúa mostrando un discurso incoherente y cambiante; en un día afirma que abrirá el estrecho de Ormuz y al siguiente sostiene lo contrario, instando a sus aliados a actuar. Su frustración con los aliados, quienes no le han apoyado, se traduce en ataques personales, como los dirigidos a Emmanuel Macron y otros líderes europeos. Macron se ha limitado a responder que “Trump no debería de hablar todos los días”, aludiendo a la constante verborrea del mandatario estadounidense. Asimismo, Trump ha criticado tanto a Keir Starmer (Reino Unido) como a Pedro Sánchez (España), evidenciando su descontento con la postura de los países aliados. Aliados qué se sintieron ignorados cuando se produjeron los primeros ataques el 28 de febrero.
Resulta incoherente solicitar apoyo
político, más que militar, después de haber actuado sin contar previamente con
ellos. Todo ello apunta a una falta de razón suficiente para llevar a cabo
dichas acciones, que parecen estar basadas únicamente en los deseos de Netanyahu,
su belicismo y animosidad contra el régimen iraní.
Según organismos como la O.I.E.A.,
la capacidad actual de Irán para fabricar un
arma nuclear es remota. Sin
embargo, el debate sobre la posesión de armas nucleares no debería ser
exclusivo de ningún país. Actualmente, nueve países disponen de arsenal
nuclear: Rusia, Estados Unidos, China, Francia, Reino Unido, India, Pakistán,
Israel y Corea del Norte. Estos arsenales se encuentran bajo constante
vigilancia y algunos, como China, India, Pakistán y Corea del Norte, están
modernizando sus capacidades, lo que genera preocupación sobre la no
proliferación y el control de armamentos.
La existencia de armas nucleares actúa
como freno para su uso; de lo contrario, probablemente ya se habría desatado
una tercera guerra mundial. Una confrontación entre dos países dotados de este
tipo de armamento supondría consecuencias catastróficas para el mundo. La
experiencia de Hiroshima y Nagasaki ilustra la magnitud de la destrucción, y
hoy en día la potencia de las armas nucleares supera ampliamente la de entonces,
entre 20 y 80 veces. Y las hay mayores.
El conflicto contra Irán ha provocado
repercusiones notables en el Líbano, donde el ejército israelí también
bombardea ciudades bajo el pretexto de exterminar a Hezbollah, organización
creada tras la invasión del sur en 1982.
La situación actual plantea la
pregunta: ¿Saldrá Trump del laberinto y con él todos nosotros, o no? Yo espero qué sí.

